sábado, 19 de octubre de 2024

2) Nápoles, abigarrada y un punto caótica, pero atractiva

Estando tan cerca, la visita a Nápoles fue inmediata: el primer día Sorrento, en cuyas inmediaciones estábamos alojados, y al siguiente Nápoles, la gran capital del sur y famosa por muchas cosas, algunas de ellas sin duda negativas. Como hicimos con la costa amalfitana, elegimos desplazarnos en barco y librarnos de los previsibles conflictos con el coche (atascos, complicaciones en una ciudad difícil, aparcamiento). Con el transporte marítimo desembarcamos en pleno centro y luego nos movimos a nuestro aire: primero un recorrido general en un autobús turístico y a continuación caminando por el centro.

Calle de la zona céntrica y antigua de Nápoles

En poco rato confirmamos la veracidad de los comentarios sobre la ciudad, principalmente de su casco central. Una urbe complicada para el tráfico, llena de gente y de turistas, no limpia precisamente y con una imagen de desorden. Paralelamente, es Patrimonio de la Humanidad desde 1995 por sus monumentos y ha jugado un papel clave en Italia en cuestiones de literatura, música, cocina o teatro. Con un millón de habitantes, es la tercera en población del país (detrás de Roma y Milán) y son conocidos sus problemas en materia de seguridad y de higiene urbana. Esto último lo aprecia cualquiera que la visite, pero en lo relativo a seguridad, en nuestro caso todo fue a la perfección.

El Vesubio siempre vigilando Nápoles, o quizás al revés

El barco nos trasladó en una mañana luminosa atravesando la enorme bahía, tan luminosa que hasta el Vesubio era perfectamente visible, lo que no ocurre todos los días. Previamente padecimos una cierta desorganización y retraso mientras lo esperábamos. Tarifa: 33 euros ida y vuelta por un trayecto de 40 minutos.


El barco iba lleno y presenciamos una gran actividad al llegar, incluido un trasatlántico allí estacionado.

En el puerto nos recibió el Castillo Nuevo, una joya aparentemente bien conservada que se construyó en 1266. Fue sede real y centro de cultura (por allí pasaron, entre otros, Petrarca y Boccaccio); más tarde, durante el dominio aragonés, se transformó en una fortaleza militar.

Castillo Nuevo, fortaleza situada en el puerto de Nápoles

Su interior puede visitarse, incluidos los frescos de Giotto, e incluye la Capilla Palatina y el Museo Cívico, pero el día lo planeamos para callejear y tener una idea general de la ciudad ya que el tiempo era muy limitado. Así que en el mismo puerto nos  montamos en un autobús turístico (26 euros), que hizo un recorrido doble tras lograr salir de la zona portuaria, lo que le costó. Primero se dirigió hacia el norte en dirección a la colina de Posillipo, por una avenida portuaria.


Siempre con vistas al mar, recorrimos la ampliación de la ciudad por esta zona, donde abundan las villas.


Había tráfico, pero alejándote de la zona central todo resulta más sencillo.


Eso sí, por los laterales acechaban en cada semáforo  montones de coches y motos prestos a sumarse al complicado tráfico napolitano.


Encaramados a un monte, disfrutamos de la vista de la bahía, de la extensa ciudad y de parte de su cinturón metropolitano. Si bien Nápoles tiene un millón de habitantes, con los alrededores triplica esta cifra.

Vista de Nápoles y del Vesubio desde Posillipo

El día, excepcionalmente despejado, nos permitía sumar el Vesubio completo al paisaje. Tuvimos la sensación de que toda la costa norte de Nápoles está urbanizada, sin espacios libres. Algunas mansiones daban la impresión de estar directamente colgadas sobre el mar, lo que en un país en el que la costa puede privatizarse no nos extrañó.

Teníamos previsto visitar el Vesubio (y lo hicimos unos días después) confiando en que la jornada elegida fuera igual de transparente. 

Histórico castillo del Huevo, el más antiguo de Nápoles

Poco después el autobús inició el regreso al centro, y de vuelta pasamos al lado del castillo del Huevo, la fortaleza más antigua de la ciudad, aunque su aspecto actual tiene poco que ver con lo que fue.  Se levanta sobre un islote, justo en el lugar donde en el siglo VII a.c. colonos de otra urbe griega de Italia fundaron Parténope. Es, pues, el origen de la actual ciudad de Nápoles. A lo largo de los siglos en este peñasco ha habido sucesivas construcciones, desde la villa del político y militar Lucio Licinio Lúculo (siglo I a.c.), que unos siglos después sería fortificada. Tras numerosos acontecimientos, en el siglo XII, durante la etapa normanda, se construyó el castillo, que posteriormente sufrió numerosas modificaciones y reformas.

Plaza de la Trinidad Mayor con la estatua de Carlos II

Llegados al centro, decidimos bajar del autobús e ir a pie. Empezamos cerca de la fuente de Monteoliveto, en la plaza de la Trinidad Mayor, un recinto en el que sobresale la imagen del rey Carlos II en bronce sobre el alto y orlado pedestal que vigilan cuatro leones. Data de 1673.

Iglesia de Jesús Nuevo, disimulada tras lo que parece un edificio civil

A muy poca distancia se encuentra una fachada de lo que parece un llamativo edificio civil, pero en realidad es la iglesia de Jesús Nuevo. Es una de las más importantes de la ciudad y después hemos sabido que en su interior guarda una importante colección de pintura. Era el principio del paseo y pasamos sin intentar visitarla, en ese momento no sabíamos que era un templo.


No teníamos ningún plan preconcebido de paseo y, solo con la ayuda del GPS, nos fuimos moviendo, dejando prácticamente que la ciudad se nos apareciera.  


Realmente no sabíamos ni por donde andábamos, no fue una visita preparada siguiendo un itinerario. Íbamos viendo lo que surgía, mayormente calles estrechas flanqueadas por edificios antiguos excesivamente altos. Era primera hora de la tarde de un sábado soleado y la luz se veía muy a lo alto.

Maradona, una imagen habitual en Nápoles

Más tarde atravesamos una zona de aspecto  más canalla, estrecha, llena de bares y de locales con mostrador a la calle con comida para llevar. La larga Vía Tribunal parece ser un polo de atracción, con mucha gente paseando y en los bares y restaurantes, y las paredes abundantes grafitis de ídolos populares, caso de Maradona, que jugó en el equipo local entre 1984 y 1991. Como en Amalfi, pese a su estrechez y la gente que la atestaba, por allí culebreaban motos cada poco.

Restaurante con decoración muy especial y realista en el techo

En este ambiente popular encontramos este restaurante que ha incluido como decoración una señal de identidad de muchos barrios napolitanos, la ropa tendida en la calle. Sorprendente.


También este logrado retrato callejero de Dante.

Iglesia de Girolamini, junto al Duomo

Seguimos avanzando por esta zona antigua, en ocasiones degradada y siempre animada, y llegamos a calles más amplias, por las que terminamos frente al Duomo, la catedral napolitana mundialmente famosa por albergar los restos de San Genaro. Supuestamente, cada año se licua la sangre del santo, algo indiscutible para la fe de los napolitanos.

Exterior del Duomo napolitano

La fachada de la catedral de Napolés, construida de manera excepcionalmente rápida (15 años) en los primeros años del siglo XIV es sólida y majestuosa. No es la primera catedral de la ciudad, pues allí existía otra levantada en el siglo IV... y como casi siempre ocurre, se piensa que anteriormente era la ubicación de un templo de Apolo. La fachada, con tres portadas, queda un tanto deslucida por los edificios que la flanquean hasta aprisionarla, aunque hicimos las fotos en plan comerciales para que no perdiera realce. Eso mismo, edificios que comprimen grandes templos, lo vimos en otros sitios durante el viaje y hoy en día resulta inexplicable. Al estilo gótico inicial se añadió el barroco en sucesivas modificaciones. Es famosa la capilla del Tesoro, con estatuas de plata y numerosas joyas procedentes de donaciones de familias adineradas. Hay quien piensa que con las 21.000 joyas que acoge es más rico que el tesoro de la corona británica.

En esta capilla se encuentran las cápsulas con la sangre de San Genaro, que los 19 de septiembre se licua, y posteriormente se celebra una procesión por las calles de la ciudad.

Nave central de la catedral

Dentro, tiene unas dimensiones espectaculares: tres naves de 100 metros de longitud y 48 de altura, y numerosas capillas laterales. El techo, una vez más, con pinturas rodeadas de grandes molduras.


Recorrimos la catedral, por cierto de acceso libre, como en Sorrento (en Amalfi pagamos entrada), y también la cripta, donde están las reliquias de San Genaro.


Estábamos ya en una zona más moderna de Nápoles, con calles anchas, las principales del centro histórico. Y pronto desembocamos en la extensa plaza de Dante, donde comienza la Vía Toledo, arteria comercial clave.

Plaza de Dante

En el centro de la plaza se encuentra la estatua de Dante, en medio de un amplísimo espacio peatonal. 


El recinto ha sufrido innumerables modificaciones, la última, reciente, en 2002, con la inauguración de la línea de metro.
Obelisco de San Genaro

Seguimos nuestra ruta  ya por calles que se recorrían con más comodidad por su amplitud y estado de conservación, y pasamos junto al obelisco de San Genaro, un santo que en esta ciudad no es cualquier cosa.

En el tour bordeamos igualmente la iglesia de san Lorenzo, del siglo XIII, construida cuando en la ciudad había otros cinco templos dedicados a este santo. Junto al convento anexo, ha sido testigo de numerosos hechos históricos y de la presencia de Petrarca, que residió allí un tiempo.

Museo de Arte Contemporáneo Donnaregina

En el transcurso del paseo nos topamos con el Museo de Arte Contemporáneo Donnaregina, en el que nos facilitaron acceder sin pago alguno. No disponíamos de mucho tiempo, pero dimos una vuelta por la planta baja. Llamativo.

Galerías comerciales Humberto I

Después de recorrer la Vía Toledo un buen rato, de callejear por lugares atractivos, de pasar junto a una sede de Correos mastodóntica de la época musoliniana, terminamos en las galerías Humberto I. De inmediato nos recordó a las muy famosas Vittorio Emanuele de Milán, ambas impresionantes.


Es una manzana con dos calles interiores en cruz griega, cubiertas y acristaladas, generando un amplio recinto para las compras y el ocio. Construidas entre 1887 y 1890, para edificarlas hubo que derribar una serie de callejones y edificios con pésimas condiciones higiénicas, donde se habían sucedido epidemias de cólera. El inmueble resultante utiliza mayormente vidrio e hierro en su cubrición, y un tono clásico con carácter general.

No sabíamos si el camarero echaba pestes de los turistas, o lo contrario

En este elegante y cuidado entorno decidimos tomar un café y un bollo para solazarnos y de paso hacer tiempo hasta la salida del barco de regreso a Sorrento. Todo bien, con la peculiaridad de un camarero digamos que igualmente peculiar, que primero no nos atendía por ser su rato de descanso, luego ya sí pero haciendo comentarios para él solo aludiendo a los turistas. No nos quedó claro si estaba molesto o era simplemente su forma de ser. La factura, lo normal en un recinto tan finolis.

De vuelta a Sorrento no tuvimos fácil encontrar un sitio para cenar al ser un poco temprano. Tras varios intentos recalamos por el centro en un restaurante argentino que tampoco fue un éxito. La camarera se puso a platicar con una visita dejándonos de lado ("es algo urgente"). Tras reclamar atención a la media hora, todavía tardó en atendernos. La comida, escasa y cara, un pequeño fiasco el conjunto. Pero ya se sabe que no siempre se acierta. Unas por otras.

viernes, 18 de octubre de 2024

3) Capri, el encanto de una isla mítica

En la bahía de Nápoles hay tres pequeñas islas, dos que la cierran por el norte y Capri, en la parte sur,  casi una prolongación de la península sorrentina. Es una isla conocida, superfamosa y de una gran belleza, especialmente los peñascos que la circundan. Por eso las excursiones, como la que hicimos, incluyen una vuelta en barco alrededor.

Enormes farallones de roca horadadas por la acción del mar

Y como prueba, la imagen de algunos de los enormes peñascos que la erosión ha separado de la isla. Quizás por ello docenas de barcos surcaban sus aguas la mañana de lunes que dedicamos a conocerla.

En tamaño es una isla pequeña, diez kilómetros cuadrados, con unos 15.000 habitantes. Poblada desde la antigüedad y antes (neolítico), adquirió enorme desarrollo y prestigio en la época romana. Ya en el siglo XIX, la presencia de escritores y personajes conocidas disparó su fama, que ha continuado a los largo del siglo XX y en la actualidad. Escritores y políticos como Pablo Neruda, Curzio Malaparte, Lenin o Máximo Gorki han estado vinculados a la isla, también pasó por allí Vladimir Lenin y tiene una mansión la cantante Mariah Carey.


Con estos antecedentes, no nos resultó extraño que hubiera demanda de billetes y que el barco saliera lleno de Sorrento. Fueron 62 euros por el trayecto más el recorrido perimetral. Ofrecían otros servicios para conocer el interior, que desechamos.


Tuvimos que madrugar un poco para estar en el puerto a las 9:30, donde nuestra guía nos relató el plan a seguir.

Escuchando las indicaciones de la guía en el puerto de Sorrento

Fueron muchas explicaciones previas, aunque luego todo fue a menos pues el objetivo era añadir la excursión por tierra a lo ya contratado.

Vista de Capri desde el barco a la llegada

Capri es realmente una isla bonita, bastante verde y montañosa, con alturas de casi 600 metros. Sus casas blancas contrastan y componen una imagen de encanto.
Los farallones, imagen icónica de Capri
Una vez en el puerto de Capri, Marina Grande, nos cambiaron a otro barco más pequeño para hacer un recorrido náutico alrededor de la isla. Lucía un sol espléndido y la temperatura se acercaba a los 30 grados.


Fue un rato de lo más agradable, en ocasiones por la belleza de los farallones, otras por las cuevas creadas en su agreste costa por la presión del mar y en todo momento por el perfil de la propia isla. Inevitablemente, nos vino a la mente la playa de As Catedrais, en A Mariña lucense. 

Una de las cuevas de Capri, siempre con embarcaciones rondando

Nuestra guía, Rosella, nos iba dando información sobre la isla a retazos, en inglés y español principalmente, tanto de la gente que por allí pasó (añadir Churchill o una villa de Sofía Loren a los ya citados), como de las cuevas existentes. Hay algunas excursiones que penetran en su interior con embarcaciones ligeras, pero a veces se complican con la marea y duran muy poco tiempo para el esfuerzo que implican.


Resultó relajante ir tumbados en una esquina del barco, protegidos del sol y contemplando semejante maravilla de la naturaleza. A mitad del recorrido, hubo una parada para que los que quisieran se dieran un baño, que un buen grupo secundó.


Ciertamente, rodeados de gente y de más barcos (de otra manera sería imposible), muchos detenidos donde había cuevas llamativas.


Como suele ocurrir, pasado un rato casi te acostumbras y empieza a parecerte normal semejante despliegue de belleza, pues está realmente concentrada. Por eso Capri recibe cerca de 3 millones de turistas cada año y en temporada alta hasta 30.000 diarios, el doble de su población.


Sin duda, los farallones son un lugar de lo más especial y de él cuentan la leyenda de los Romeo y Julieta locales, pertenecientes a dos familias principales enfrentadas y que se veían allí a escondidas, pero una tormenta los hizo desaparecer.

Hotel colgado de una roca en la costa de Capri

Faro de Punta Carena

En la punta oeste se la isla se encuentra este faro junto al que pasamos, data de 1862 y es el segundo más luminoso de Italia después del de Génova. Al lado existe un mirador en el que es obligatorio besarse, una costumbre que busca convertir a Capri en destino para los enamorados.


En la foto anterior, se aprecia el volumen de embarcaciones ubicadas a la entrada de la famosa Gruta Azul.


Contemplando el paisaje y escuchando comentarios sobre leyendas y visitantes, se pasó casi sin enterarnos la hora larga de viaje por los 17 kilómetros del perímetro de la isla.


No hace falta esforzarse para entender que desde mediados del siglo pasado la jet set escogiera esta isla como uno de sus destinos preferidos. 


Pese a ello ha logrado mantener a salvo su arquitectura urbana, complementada con restaurantes y hoteles de lujo y abundancia de tiendas de gama alta.


Desembarcados en Marina Grande, subimos hasta Capri en el funicular, tras aguardar una larga cola.


También se puede hacer andando o en taxi, pero decidimos lo más novedoso.


La localidad de Capri es una pequeña y agradable población volcada en su totalidad en el turismo, algo ya visto en Amalfi y Sorrento, pero aquí más acentuado.

El típico taxi de Capri, descapotable y con seis plazas más el conductor

Calles estrechas en su mayoría, tiendas de todo tipo, servicios para el viajero, restaurantes, en fin, lo habitual en estos casos.

Edificio municipal de Capri


En el paseo por el pueblo entramos, pagando, en los jardines de Augusto, desde se disfruta de excelentes vistas de 180 grados.

La costa desde los jardines de Augusto
Fueron creados por un alemán, F.A. Krupp, quien a principios del siglo XX se construyó allí una casa, y están formados por varias terrazas en descenso.


Recorrimos sus calles y callejones, disfrutamos del panorama en alguno de sus miradores y empezamos a pensar en como llegar hasta Anacapri, la segunda localidad, que no queríamos perdernos.


Sorprenden algunas de sus callejas, que a veces discurren bajo cubierto.

Escultura moderna en un  mirador

Finalmente, decidimos acercarnos a Anacapri en un autobús público, de un modelo pequeño, que se desplazan haciendo paradas cada poco. Comprobamos que la carretera era angosta y que en ocasiones este calificativo podía resultar generoso. En otras palabras, que a veces había que parar para dejar paso al vehículo contrario y los colapsos era frecuentes. Por la tarde descubriríamos que la congestión podía ser aún mayor. 


Llegados a Anacapri, que parecía mucho más tranquilo y con menor presión turística, el grupo se dividió; tres decidieron subir a la cumbre del Monte Solaro (589 metros, el punto más alto) en telesilla y los demás callejear.

Telesilla que te lleva al monte Solaro en unos quince minutos

Había cola para el elevador, pero iba rápido. Un empleado te empotraba en la silla y a por el siguiente, a ritmo de cadena de montaje de automóviles.


Una vez acomodados en el asiento, un ratito de disfrute con el paisaje a vista de pájaro. El regreso fue todavía mejor ya que el mar y Anacapri estaban de frente.

Espectacular vista desde el  monte Solaro, Capri entera a nuestros pies

En la cumbre existe un amplio mirador con un bar restaurante, ambos muy concurridos. Y las vistas a 600 metros por encima del nivel del mar, fuera de lo común.

Farallones vistos desde lo alto del Monte Solaro

Y como en otros sitios de la isla, desde aquí divisamos también farallones. Sin duda, la roca caliza de Capri facilita la erosión y el trabajo del mar, que puede así moldear figuras casi a su gusto.


Bajamos en el funicular todavía más contentos con Anacapri a nuestros pies, literalmente, y el mar un poco más allá. Después, tras reunirse el grupo, a volver a Capri para tomar el barco de regreso.

Pero lo que debía haber sido un trámite se complicó bastante. Larga cola en la parada y el autobús que no venía. Comprobamos que la circulación estaba detenida y no sabíamos bien que hacer pues el tiempo apremiaba para la hora en que teníamos que pillar el barco de regreso a Sorrento. Los siete no cabíamos en un taxi (¡sobraba uno!) y dos taxis parecían demasiados ya que el bus estaba pagado. Además, el atasco afectaba a todos los vehículos, al parecer por un accidente. Cuando al rato llegó el bus y pudimos entrar (alguno pasó sin parar, estaba lleno), el viaje fue lento, en algunos puntos solo entraba un coche y nadie cedía el paso. Resultado, cuatro en el bus y tres en taxi que, además, compartieron con otra pareja. El grupo del bus llegó antes y logró que el barco esperara unos minutos por los demás. Un final acelerado para un día de lo más agradable.

El sol en el ocaso volviendo de la isla de Capri

Como compensación de la tensión final, una preciosa puesta de sol en el barco de regreso con la isla de Capri al fondo. En la vuelta nos tocó un barco lento, que empleó una hora cuando por la mañana fueron solo 30 minutos.

En el aspecto gastronómico, el día terminó bien. Elegimos una trattoria, Nalu, en la céntrica plaza de San Antonino, una excelente opción. Trato excelente y amabilísimo, la comida muy buena y el precio razonable. A cambio, al llegar a casa no funcionaba la calefacción, que poníamos solo un rato por la noche para eliminar la sensación de humedad. Maurizio, el casero, compareció raudo y aunque prometió una solución en diez minutos al final fueron sesenta, pero llegó. Y así pudimos ducharnos.